Una noche de invierno, en una sala con velas, escucharon por primera vez el kerigma : “Cristo murió por tus pecados y resucitó. Tu vida no es un error. Él te ama tal como eres”. Juan rompió a llorar. No era un llanto triste. Era como si una losa se hubiera resquebrajado. Allí comprendió el segundo paso: celebrar la Pascua en pequeño, reconociendo la propia muerte interior para dejar espacio a la resurrección.
Justo antes de la Semana Santa, vivieron los escrutinios . Andrés les preguntó, uno a uno: “¿Qué ídolos has construido en tu vida? ¿El trabajo, el orgullo, el miedo?”. Juan habló de su obsesión por tener la razón. Clara habló del resentimiento. Fue duro, pero liberador. En el tercer escrutinio, oraron sobre ellos con imposición de manos. Juan sintió un calor extraño en el pecho. “Es como si me dijeran: ‘Puedes soltar la mochila’”, confesó después. pasos del camino neocatecumenal
Una noche, ya en casa, Juan preparó la cena. Clara lo miró desde la puerta de la cocina. —¿Te acuerdas de aquel primer fin de semana? —dijo ella. Juan sonrió, con la cruz de madera aún colgada en el espejo retrovisor de su coche. —Pensé que era un grupo más. Pero resultó ser… una casa. Una noche de invierno, en una sala con
El sol se filtraba entre los olivos de un pequeño seminario en las afueras de Madrid. Juan, un arquitecto de treinta y tantos años, llegó arrastrando los pies. Su mujer, Clara, lo tomó de la mano. Juan rompió a llorar